Daniel Aráoz: “Lo oscuro suele estar al lado y no lo sabemos ver”

Daniel Aráoz: En pocas palabras, es un proyecto de ley, alentado por más de 50 empresas, para beneficiar a los comedores infantiles a través de un impuesto ínfimo (0,04% de las ganancias) que iría a un fondo fiduciario, y de ahí directamente a la mesa de los chicos, todo fiscalizado por comedores y fundaciones solidarias de prestigio, sin que el Estado toque la plata para nada. La idea es de Julio González, el de las pastas Oralí, que actualmente ayuda a 200 comedores.

P.: Parece que el empresario de peleas arregladas y otras minucias que usted encarna en “Franklin, historia de un billete” tiene otra idea de familia.

D.A.: Me dio mucha satisfacción trabajar en una película como esa, donde los personajes conviven con la muerte, y vemos lo oscuro que está al lado nuestro y nos cuesta ver. Me gusta transitar esos caminos oscuros, tanto como los caminos de la risa y la esperanza. Y la película también muestra un poquito de esperanza.

P.: Al menos para los personajes que hacen Germán Palacios y Sofía Gala. Pero lo que llama la atención en el suyo, es que parece humano.

D.A.: Lucas Vivo, el director, se interesó mucho por eso, que nadie caiga en la macchieta, que cada personaje sea creíble. Ese es el trabajo más difícil para un actor. Por eso al tipo que hago le ves algo humano. Por ejemplo, ves que le duele en el alma verse decepcionado por alguien que quiere. Y busca matarlo porque lo quiere. La película trae un submundo que nos negamos a ver, pero algunas actitudes de los personajes, algunas situaciones, suceden hasta en el barrio donde uno vive. Un buen diálogo podría tranquilizar a ese submundo que bulle cerca de nosotros, quizás ayude a cambiar algo. Pero la única manera de cambiarlo es después de haber estado en él.

P.: Cosa relativamente difícil en los vecinos de “El hombre de al lado”, de Cohn y Duprat, que fue su primer gran trabajo dramático.

D.A.: Ahí tenés, por un lado, la indiferencia del que se siente dueño de la verdad. Ser así nos perjudica todo el tiempo. ¿Qué puede pasar si pedís disculpas, si pedís perdón? Quizás eso sea lo más cercano a la honradez que podés tener.

P.: El doctor Costas, que usted hizo en el drama de Diego Lerman “Una especie de familia”, también se siente dueño de la verdad cuando trafica los bebés de las mujeres pobres “para darles un mejor futuro”.

D.A.: Capaz que lo justificamos porque creemos que esa hijoputez puede cambiar algo para bien. Siempre hay una justificación a mano para la verdad que se esgrime. Pero no, ese tipo es un reverendo hijo de su madre que esconde una manera de contribuir al caos, a la corrupción, que es el mayor mal que te ofrecen para matar lo humano. Gente así se cree dueña de la verdad. No hay dueño de la verdad ¡Hay gente que necesita sentirse dios, más que sentirse un ser humano!

P.: Lo curioso es cómo logra encarnar tan bien esos personajes que parecen tan ajenos a sus sentimientos.

D. A.: Es así, tengo ese empeño en trabajar las diferentes máscaras de la actuación, sabiendo que quizá la verdad salga del diálogo, de la autocrítica, para ser una mejor persona, y en mi caso un mejor actor.

P.: Pasemos a otra forma de crítica, el humor. Usted trabajó con Antonio Gasalla y Roberto Fontanarrosa.

D.A.: Dos personalidades. Ahora el humor cambió mucho, pero lo que hacía Antonio, la farsa, el grotesco, el esperpento, creo que seguirán, porque están hechos sobre bases sólidas. El es un maestro en todo eso. El humor de Fontanarrosa, con esa burla piadosa que tenía, es distinto. Esto es interesante. Antonio tiene su gran tránsito a través de la profesión. Fontanarrosa lo tenía con su familia. Pasaba un rato con los amigos, otro rato dibujando en su estudio, y después se iba a su casa, era muy familiero. Para él, y yo creo lo mismo, la familia que podés formar es el hecho colectivo más importante de tu existencia.

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