Juan Vico traza una radiografía certera del “animal más triste”

Juan Vico: Porque son personas frustradas, y no tienen motivos para serlo con la vida acomodada que llevan. Viven una situación difícil de definir que los hace refugiarse en el arte, algo que hacen desde jóvenes y que cada vez les sirve menos para justificar su vida. Y el sexo es una inercia a la que se prestan, una forma de tirar para adelante. Son personas que están siempre comparándose a cuando eran jóvenes y tenían cierto ideal vital. Sienten como una “traición a sí mismo” irse alejando de ese ideal que creían que iba a ser su vida.

P.: Están donde querían estar, pero no en el puesto soñado.

J.V.: Se dedican a cosas que les interesan, pero siempre desde un lado secundario. El protagonista en vez de director de películas es crítico de cine, y lo hace muy bien. Ellos se ven como “nos quedamos a un escalón” de la meta. Por eso les importa un amigo que murió cuando era joven, que era como el más talentoso, y qué si hubiera sobrevivido: él sí que hubiera llegado. Fantasía que es la fidelidad al modelo juvenil.

P.: Su novela está atravesada por el mundo del cine

J.V.: Mis libros están atravesados por otras disciplinas. Busco, a través de la literatura, otras formas de representar la realidad. En esta aparece el cine, la fotografía. Mi primera novela fue sobre música. Tengo un libro de cuentos sobre el arte. Uso eso, entre otras cosas, para hablar de los mecanismos de la ficción. El artificio hace, en algún momento, reflexiones sobre la propia narración.

P.: ¿Es el engaño lo que liga las actividades culturales y sexuales de sus personajes?

J.V.: Se mienten entre ellos, pero también a sí mismos. Y luego está la mentira como fundamento de la ficción. Quien abre un libro, ve una película, quiere que le mientan para formar parte de esa realidad alternativa que es una narración. En el centro de “El animal más triste” hay un relato que escribe uno de los personajes, el más joven, el de otra generación. Es una ficción dentro de la ficción. Luego los otros, que lo han leído, opinan mal de ese cuento. Es un juego de espejos entre lo que es realidad y no es realidad. Y si la realidad es lo que está fuera de un libro y ficción lo que está adentro, todo es mucho más permeable, más ambiguo. La mentira en la ficción y en la vida cotidiana de los personajes resquebraja el pacto ficcional, los parámetros típicos de qué es una ficción y qué no lo es.

P.: Su novela tiene tres capítulos que son como tres nouvelles.

J.V.: Me interesan las novelas que juegan con los límites convencionales de lo que es una narración, por ejemplo, insertando diferentes cápsulas narrativas. La primera parte de la novela está narrada en primera persona por quien parece que va a ser el narrador, después está el cuento de uno de los personajes, y luego el resto van alternándose como narradores, pero el argumento, lo que ocurre, va sucediendo entre un capítulo y otro. No vemos lo qué pasa más que como consecuencia. En cada final sabemos lo que ha pasado del narrador anterior al presente, que encuentra a un testigo de lo ocurrido en esos meses. Quise narrar en las elipsis dentro de un realismo expandido que va más allá de lo meramente enunciativo.

P.: ¿Qué lo impulsó a contar esta historia?

J.V.: Me apetecía trabajar sobre un cinéfilo, a alguien obsesionado con el cine, que su vida tuviera el automatismo de comparar la realidad con escenas concretas de películas. Ese fue el germen, después vino lo demás. Todo comienza cuando a Jonas, el crítico de cine, al que un amigo le envía una película de cuando eran jóvenes, donde él, de forma borrosa, aparece en primer plano. Ese fantasma del pasado es la chispa que hace que sucedan cosas que obligan a los personajes a enfrentarse a sus miedos y frustraciones.

P.: ¿De qué van sus otras novelas?

J.V.: “Hobo” es sobre un músico de blues de Mississippi, en los años 20, juego con el mito de esos personajes. Armé un Frankestein con anécdotas de diversos músicos, que no se sabe si son reales o no. En “El teatro de la luz” abordé el mundo del cine en la Barcelona de los años 10 a 20, cuando estuvo a punto de convertirse por la guerra en centro industrial del cine, pero los empresarios no se atrevieron a invertir y pasó la oportunidad. “El claustro rojo” es sobre pintores reales de los más diversos lugares y épocas, hay ficciones sobre bases reales y ficciones absolutas. Y “Los bosques imantados” es una novela de misterio que juega con las convenciones del policial del siglo XIX, narrada desde la ironía por un periodista que busca llevar la razón a todas partes y tiene que enfrentar a un gurú de la época.

P.: ¿Qué le hizo contar que “omne animal post coitum triste est”?

J.V.: Esa sentencia latina Freud la recuperó para hablar de que tras el máximo vital del orgasmo viene el decaimiento. En la novela, luego de esos momentos de intensidad plena, que hay tan pocos en la vida, llega la decepción por contraste, por falta de intensidad, que es lo que invade la vida de la gente que habita “El animal más triste”.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

J.V.: “El animal más triste” habla del amor en el pasado reciente, ahora escribo sobre el amor en la actualidad, en una transformación drásticamente mayor a la de los años 60.

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